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El verano es una época complicada para el coche. Las altas temperaturas, los desplazamientos largos, los atascos, el uso del aire acondicionado y el aumento de kilómetros pueden sacar a la luz problemas que durante el resto del año pasan más desapercibidos.
Muchas averías frecuentes en verano tienen que ver con el calor y con el esfuerzo extra que soportan algunos componentes del vehículo. Por eso conviene prestar atención a ciertas señales antes de salir de viaje o antes de seguir circulando si el coche empieza a comportarse de forma extraña.

La batería también sufre con el calor

Aunque muchas personas asocian los fallos de batería al invierno, el calor también puede afectar mucho a su rendimiento. Las temperaturas elevadas aceleran su desgaste y pueden provocar que una batería que ya estaba débil termine fallando justo cuando más se necesita el coche.
Una señal habitual es que el vehículo tarde más de lo normal en arrancar, que las luces pierdan intensidad o que aparezcan fallos eléctricos sin una causa clara. Si el coche no arranca o lo hace con dificultad, insistir demasiadas veces puede no servir de nada y acabar generando más problemas.
Antes de un viaje largo, especialmente si la batería tiene varios años, es recomendable revisarla. Y si el coche se queda parado, lo mejor es actuar con calma y pedir ayuda si no se puede mover con seguridad.

Neumáticos: presión, desgaste y riesgo de reventón

En verano, los neumáticos trabajan en condiciones más exigentes. El asfalto caliente, los trayectos largos y el coche cargado aumentan el desgaste y pueden elevar el riesgo de pinchazo o reventón, sobre todo si la presión no es la adecuada.
Circular con una presión incorrecta afecta a la estabilidad del vehículo, al consumo y a la seguridad. También conviene revisar el dibujo, posibles grietas, deformaciones o golpes en los laterales.
Si notas vibraciones, pérdida de presión, ruido extraño o dificultad para mantener la trayectoria, es mejor detenerse en un lugar seguro. Seguir circulando con un neumático en mal estado puede convertir una avería sencilla en una situación peligrosa.

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Motor y sistema de refrigeración: cuidado con la temperatura

El motor es otro de los grandes afectados por el calor. En verano, el sistema de refrigeración trabaja más y cualquier fallo en el nivel de líquido refrigerante, el radiador, el ventilador o los manguitos puede provocar un sobrecalentamiento.
Si la aguja de temperatura sube más de lo normal, aparece un testigo en el cuadro, ves vapor o notas olor extraño, no conviene seguir circulando. Parar a tiempo puede evitar una avería mucho más grave.
Nunca es buena idea abrir el depósito del refrigerante en caliente, porque puede haber presión y riesgo de quemaduras. Lo más prudente es estacionar el coche en un lugar seguro, apagar el motor y valorar la asistencia profesional.

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Aire acondicionado, atascos y viajes largos

El aire acondicionado también exige un esfuerzo extra al vehículo, especialmente en ciudad, en retenciones o durante trayectos largos con mucho calor. Si no enfría bien, hace ruido, desprende mal olor o notas pérdida de potencia, puede ser señal de que algo no va bien.
Los viajes de verano también suelen implicar más carga, más horas de conducción y más demanda para frenos, motor y neumáticos. Por eso es importante revisar el coche antes de salir y no ignorar los avisos.
Si durante un desplazamiento el coche empieza a fallar, se calienta, pierde fuerza o no responde con normalidad, lo más seguro es detenerse correctamente y no forzar la marcha.

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